A veces las cosas no salen como esperabas (Parte I)

A veces las cosas no salen como esperabas. Tratas de informarte de todo durante el embarazo: sobre cuándo acudir al hospital, sobre cómo sobrellevar las contracciones, sobre tu derecho a un parto respetado, sobre tu derecho a ser informada y pedir tu consentimiento para las acciones que vayan a realizarte durante el embarazo y parto, sobre la importancia del piel con piel, sobre el inicio de la lactancia, posturas para amamantar, cómo debe ser el agarre del bebé para que sea correcto, … Y luego llega «el día D» y entras a urgencias por tercera vez porque tienes dudas sobre si habrá una fisura en la bolsa, pero vas pensando que será una falsa alarma y te mandarán a casa, y te dicen… ¡te quedas! Y te das cuenta de que no estabas preparada para ello, no has sentido contracciones de parto en casa antes de acudir, te asalta la inseguridad a la hora de preguntar sobre las cosas que te van haciendo, no presentas tu plan de parto, tienes miedo de que el bebé pueda no estar bien, y de que sea por tu culpa, por no haber acudido antes al hospital… Y además no te sientes acompañada emocionalmente.

Y en ese escenario de inseguridad y culpa se desarrolla tu parto.

Y nace tu bebé, te conviertes en madre. El piel con piel se ciñe a un “te pongo al bebé encima de tu pecho un microsegundo y me lo llevo”. No tienes tiempo ni de ver su carita. Preguntas a tu pareja si está bien el bebé, cómo es… mientras te cosen los puntos de la episiotomía que te han hecho sin preguntar. Te devuelven a tu hijo ya vestido y te llevan de camino a la sala de recuperación. Tú vas nerviosa porque por el camino aparecen unos familiares que quieren ver al recién nacido de inmediato y te han dicho lo importante que es que el bebé se coja al pecho en la primera hora de vida, pero ves que no consigues llegar a la sala donde estarás tranquila con tu bebé y tu pareja.

Al fin llegas allí, y entonces ocurre algo que no te esperabas: el bebé no se coge al pecho. No hay manera, lo rechaza, y tú no sabes como colocarlo. Habías leído de todo, te sabes al milímetro la postura correcta de la boquita, barriga con barriga, … Serías capaz de sacar la escuadra y cartabón para medir si el ángulo de agarre es correcto, sabes que las grietas se pueden producir por un mal agarre y has leído sobre la temida mastitis pero… ES QUE EL BEBÉ NO SE COGE AL PECHO. Y tú no estabas preparada para eso.

Te das cuenta de que no tienes ni idea de dar de mamar, no has visto nunca a ninguna amiga o familiar hacerlo, y tu pareja tampoco sabe ayudarte.

Es de madrugada y el personal sanitario es reducido. Nadie viene a ofrecer ayuda. Tú estás desesperada porque venga alguien a ayudarte con la lactancia, pero te han dicho que no te muevas durante dos horas y no llegas al pulsador para solicitar que venga el personal y … tu pareja no quiere que andéis molestando de madrugada al personal sanitario. Vosotros “podéis” solucionarlo. En pleno postparto, en medio de una revolución hormonal, sientes impotencia y desesperación por tu primer fracaso como madre. Te suben a planta y la cosa no mejora. El bebé llora y llora y no sabéis cómo calmarlo. La noche se hace eterna. Finalmente le dan un poco de leche artificial al bebé con la técnica del dedo-jeringa porque quieres seguir intentando amamantarlo.

Amanece, y viene a verte una pediatra de urgencias que te recomienda desnudar al bebé y hacer piel con piel. Y tú te das cuenta de que te dieron al bebé vestido en el paritorio y no supiste reaccionar pese a todo lo que te habías informado sobre esas primeras horas tras el parto. Nadie te ayudó, a pesar de haber manifestado expresamente que querías amamantar a tu hijo. Pero eso ya no importa, vuelves a empezar y sigues con tu determinación de amamantar a tu hijo, porque así lo has decidido y porque sabes que es lo mejor para él, y nadie te va a hacer cambiar de opinión.

Pides ayuda al personal sanitario y aparece una matrona, una bendita persona que se va a convertir en tu mejor aliada para salir adelante con la lactancia. Te ayuda a colocarte al bebé al pecho, te aconseja mucho piel con piel, que no se separe de ti el bebé y cero visitas. Ya tendrá tiempo la familia para conocer a tu hijo, ahora toca que mamá y bebé se conozcan y que el papá les ayude a ello.

Así que, en medio de la revolución hormonal del postparto, sin apenas haber dormido desde el día anterior, te conviertes en una mamá loba que defiende a su cachorro contra todo y contra todos. Tu bebé está contigo y nadie te lo va a quitar de tu pecho desnudo. Pero las horas pasan y a pesar de los esfuerzos de la matrona por ayudar a que el bebé se coja al pecho, este sigue rechazándolo. Y te dan una hora límite: el bebé tiene que hacer al menos pipí una vez en las primeras 24 horas, y si por la tarde aún no ha mamado, deberéis empezar con la leche artificial. Tus peores presagios se van produciendo, las visitas llegan, le quitan importancia a tu sufrimiento por la lactancia. «Si el bebé no quiere mamar, pues dale biberón y se acabó». Pero tú no quieres, lloras por todo, estás muy sensible, no sabes por qué todo te afecta así, y no quieres claudicar. Pero la matrona no está por las tardes, y tú sola no te ves capaz de conseguirlo …

Continuará.


Si quieres informarte más acerca de tus derechos en el parto, puedes visitar la web de la asociación El Parto es Nuestro: https://www.elpartoesnuestro.es/

Y en este enlace directo puedes encontrar ejemplos de plan de parto para elaborar el tuyo propio: https://www.elpartoesnuestro.es/recursos?field_resource_type_tax_tid%5B%5D=5004&sort_by=title&sort_order=ASC

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